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Hice lo que me pidió. Mientras tanto él había recogido unas muñequeras con argollas de una mesa cercana y cuatro trozos de cuero de la piscina. Me colocó las muñequeras en las manos y los pies y me colocó en cruz con las extremidades apuntando a los postes. Ató las húmedas tiras de cuero a las argollas y a los palos, estirándolas con fuerza. Casi me levantó del suelo, los brazos y las piernas se tensaron hasta resultar doloroso, gemí y contuve las ganas de comprar vibradores.


- Te quedarás aquí, castigada, hasta que decida si merece la pena seguir educándote.


Se marchó hacia la casa dejándome profundamente preocupada. Él era algo más que un amo, era un amigo, un confidente, un cómplice, el centro de mi nueva vida. Yo quería agradarlo y amarlo, no soportaba que se enfadase conmigo. Allí tumbada, con el fuerte sol de agosto cayendo sobre mi blanca piel, sólo deseaba su perdón.


Volvió al jardín llevando una gran manta negra en los brazos y juguetes eroticos.


- No quiero que te quemes.- Dijo extendiéndola sobre mi cuerpo. Después colocó una pequeña sombrilla para protegerme la cabeza. Continuó abriendo otra gran sombrilla unos metros delante de mis pies y colocando una mesa de plástico bajo su sombra. Volvió a entrar en la casa y salió con la cesta de picnic que había preparado esa mañana.


- ¡Debería tirar esta mierda de comida!- Me gritó.- ¡Por tu culpa he perdido el apetito y se me ha estropeado una bonita tarde de verano!


- Lo siento mi amo.- Dije en un susurro.


- ¡No hables traidora! Ya tengo bastante con poner la mesa y comer lo que una escoria como tú has preparado.


Las lágrimas cayeron por mis mejillas. Uno de mis trabajos era poner la mesa de mi amo y servirle. Verle colocar los cubiertos le humillaba a él y me humillaba a mí. Deseaba que me pegase, me mortificase, me impusiese un castigo más duro. Necesitaba sentir que hacía algo para ganar su perdón. El calor del sol empezaba a notarse a través de la manta y la piel comenzó a picarme. Mientras, él se había sentado dándome la espalda, como si me repudiase. Sus movimientos eran rápidos y bruscos, muy distintos de los habituales. Él siempre era crítico con mis comidas, pero justo. Yo le servía y esperaba ansiosa, sin levantar la vista, su veredicto. Si le agradaba el plato me permitía comer con él, si no era de su total gusto comía sola, después de que él terminase, sentada en el suelo, en un rincón de la cocina. En esas ocasiones me sentía mal, enfadada conmigo misma y abatida, pero nunca como esa tarde. Comprar en un sex shop online.


- El primer día te dije que tu bienestar y tu alma estaban en mis manos- Continuó desde la mesa sin girarse.- y que deberías confiar absolutamente en mi criterio. ¿Crees que te haría daño? ¿Acaso piensas que te dejaría ahogarte? ¿Te he fallado en todo este tiempo?


Cada pregunta estallaba en mi cabeza como una bomba. Deseaba responder, decirle que la culpa era mía que me castigase, pero él me había prohibido hablar. El calor del verano estaba haciendo su trabajo y mi piel se empapaba con sudor. A las correas les estaba ocurriendo lo contrario, se secaban rápidamente. El cuero, al secarse, encogía y tiraba de las extremidades con una fuerza imparable. Sentí como si me descuartizasen en un potro medieval. Mis hombros y mis nalgas se despegaron de la hierba húmeda por el sudor para dejarme colgada a pocos centímetros del suelo. Las articulaciones me crujían y los tendones se estiraban hasta el punto de no sentir otra cosa que no fuese dolor. No pude contener un gemido, comprar bolas chinas a buen precioes lo que más me gusta.


- ¿Qué ocurre zorra? ¿Duele?- Mi amo se volvió para mirarme.- ¿Quieres dejarlo? Sólo tienes que decirlo.


- No, mi amo.- Respondí jadeando, el calor del sol, concentrado por la manta negra, había acelerado mi respiración.


- ¿Estás dispuesta a soportar el castigo?


- Sí, mi amo.


- Sabes que la falta ha sido muy grave. ¿Debería endurecer el correctivo?


- Sí, mi amo.


Él sonrió por primera vez desde que llegamos a la casa. Dejó la comida sobre la mesa y se acercó a una caseta en la esquina del jardín. Abrió la puerta y sacó un alto tubo metálico, ensanchado en la base y terminado en una especie de seta que se movía sobre cuatro pequeñas ruedas. Lo acercó y lo colocó junto a mi hombro, recolocando la manta y quitando la pequeña sombrilla sustituida por el sombrero de lo alto para taparme el sol de la cara. comprar consoladores online.


- No pienso azotarte, perra. Sé lo mucho que te gusta la fusta.- Mi amo manipuló unos controles en la base, se oyó un siseo y justo bajo el cono se encendió un cilindro agujereado.- Espero que esta estufa no te entusiasme tanto. Mi amigo la usa en las noches de otoño para cenar al aire libre.


Sentí inmediatamente el calor descendiendo hasta mi cara. Mi amo volvió a la mesa dejándome bajo una cúpula de fuego. Segundos después noté cómo atravesaba la manta aumentando la temperatura de mi cuerpo. El corazón se me aceleró y cerré los ojos dispuesta a purgar mis culpas en la forma que mi amo desease.


La tarde de verano resultó ser eterna. Estuve allí atada, suspendida a unos centímetros de la hierba, bajo la manta negra calentada simultáneamente por el sol y aquella maldita estufa. Mi pelo chorreaba sudor y mi garganta estaba tan reseca como mis labios. Mi amo había retirado la mesa de la comida, haciéndome notar que él no debería hacer el trabajo de su sirvienta, y se había preocupado que el sol no cayese directamente sobre mi cara. No protesté ni una vez, aunque llegué a pensar que me desmayaría en tres o cuatro ocasiones.


Tras más de dos horas de suplicio mi amo decidió que era suficiente. Apagó el calefactor y me quitó la manta. Con una navaja cortó las correas y mis articulaciones gimieron y crujieron al verse libres del tormento. Me encogí para recuperar un poco de movilidad. Él me dio una botella de agua y me ordenó tomarla entera. No necesitó repetirlo, el agua fresca me alivió el inmenso calor.

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